Propuesta para el día 6 de junio 2018: Estaba resuelto que, tratando de continuar con un hilo guía desde el anterior café dedicado a Marosa, retomaríamos a la autora en caso de que alguien tuviera algo mas para compartir sobre ella, o abordaríamos el Conde de L'autremont, ya que según algunos comentaristas había cierto nexo entre Marosa y éste. En caso de agotar estos temas, veríamos algo de Alfonsina Storni, ya que recientemente se había conmemorado el aniversario de su nacimiento ocurrido el 29 de mayo de 1892, en Sala Capriasca, Suiza. Algunos compañeros llevaron datos biográficos de L'autremont, y se leyeron para luego pasar a leer un texto del Canto II que acá transcribimos:
Escuchad los pensamientos de mi infancia, cuando despertaba, humanos de verga roja: «Acabo de despertar; pero mi pensamiento está todavía embotado. Cada mañana, siento un peso en mi cabeza. Es raro que encuentre reposo en la noche; pues horrendos sueños me atormentan cuando consigo dormirme. De día, mi pensamiento se fatiga en extrañas meditaciones mientras mis ojos vagabundean, al azar, por el espacio; y, por la noche, no puedo dormir. ¿Cuándo tengo que dormir pues? Sin embargo, la naturaleza necesita reclamar sus derechos. Como la desdeño, hace que mi rostro palidezca y que mis ojos brillen con la agria llama de la fiebre. Por lo demás, nada me gustaría más que no agotar mi espíritu en continuas reflexiones; pero, aunque no lo quisiera, mis consternados sentimientos me arrastrarían invenciblemente hacia esa pendiente. Me he dado cuenta de que los niños son como yo; pero están todavía más pálidos y sus cejas se fruncen como las de los hombres, nuestros hermanos mayores. Oh Creador del universo, no dejaré, esta mañana, de ofrecerte el incienso de mi plegaria infantil. A veces la olvido y he advertido que, en esos días, me siento más feliz que de costumbre; mi pecho se dilata, libre de toda opresión, y respiro con mayor facilidad el aire embalsamado de la campiña; mientras que, cuando cumplo el penoso deber, ordenado por mis padres, de dirigirte cotidianamente un cántico de alabanzas, acompañado por el inseparable aburrimiento que me produce su laboriosa invención, estoy, entonces, triste e irritado el resto del día, porque no me parece lógico y natural decir lo que no pienso y busco retirarme a las inmensas soledades. Si les pregunto la explicación de ese extraño estado de mi alma, no me responden. Quisiera amarte y adorarte; pero eres demasiado poderoso y hay temor en mis himnos. Si puedes, con una sola manifestación de tu pensamiento, destruir o crear mundos, mis débiles plegarias no te serán útiles; si, cuando te place, envías el cólera para asolar las ciudades u ordenas a la muerte llevarse en sus garras, sin ninguna distinción, las cuatro edades de la vida, no quiero unirme a tan temible amigo. No es que el odio conduzca el hilo de mis razonamientos; sino que tengo miedo, por el contrario, de tu propio odio que, obedeciendo una orden caprichosa, puede salir de tu corazón y hacerse inmenso, como la envergadura del cóndor de los Andes. Tus equívocas diversiones no están a mi alcance y, probablemente, sería su primera víctima. Eres el Todopoderoso; no te discuto ese título pues sólo tú tienes derecho a llevarlo y tus deseos, de consecuencias funestas o felices, sólo en ti tienen término. Por eso, precisamente, me sería doloroso caminar junto a tu cruel túnica de zafiro, no como tu esclavo pero pudiendo serlo en cualquier momento. Cierto es que, cuando te adentras en ti mismo para escrutar tu soberana conducta, si el fantasma de una injusticia pasada cometida contra esa infeliz humanidad, que siempre te ha obedecido como tu amiga más fiel, yergue, ante ti, las inmóviles vértebras de una espina dorsal vengativa, tus ojos huraños dejan caer la asustada lágrima del remordimiento tardío y, entonces, con los cabellos erizados, tú mismo crees tomar, sinceramente, la resolución de suspender para siempre, en los matorrales de la nada, los inconcebibles juegos de tu imaginación de tigre, que sería grotesca si no fuera lamentable; pero sé también que la constancia no ha fijado en tus huesos, como una médula tenaz, el arpón de su eterna morada y que vuelves a caer con frecuencia, tú y tus pensamientos, cubiertos por la lepra negra del error, en el lago fúnebre de las sombrías maldiciones. Quiero creer que son inconscientes (aunque no por ello dejen de contener su fatal veneno) y que el mal y el bien, aunados, se derraman en impetuosos saltos de tu regio pecho gangrenado, como el torrente mana de la roca, por el encanto secreto de una fuerza ciega; pero nada me lo prueba. Con demasiada frecuencia he visto tus inmundos dientes castañetear de rabia y tu augusto rostro, cubierto por el musgo de los tiempos, enrojecer, como un ascua, ante alguna futilidad microscópica cometida por los hombres, como para detenerme por más tiempo frente al poste indicador de esta bonachona hipótesis. Cada día, con las manos unidas, elevaré hacia ti los acentos de mi humilde plegaria, ya que es necesario; pero, te lo suplico, que tu providencia no piense en mí; déjame de lado, como al gusanillo que repta bajo tierra. Sabe que preferiría alimentarme ávidamente con las plantas marinas de islas desconocidas y salvajes, que las olas tropicales arrastran, por esos parajes, en su seno espumoso, que saber que tú me observas e introduces en mi conciencia tu escalpelo de sarcástica risa. Acabo de revelarte la totalidad de mis pensamientos y espero que tu prudencia aplaudirá, con facilidad, el sentido común cuya indeleble huella conservan. Al margen de estas reservas hechas al tipo de relaciones, más o menos íntimas, que debo mantener contigo, mi boca está dispuesta, a cualquier hora del día, a exhalar, como un soplo artificial, el torrente de mentiras que tu vanagloria exige severamente a cada ser humano, en cuanto se levanta la azulada aurora, buscando la luz en los repliegues satinados del crepúsculo, como busco yo la bondad, excitado por el amor al bien. Mis años no son numerosos y, sin embargo, siento ya que la bondad es, sólo, un ensamblaje de sílabas sonoras; no la he encontrado en parte alguna. Dejas adivinar en exceso tu carácter, debieras ocultarlo con mayor habilidad. Por lo demás, tal vez me engañe y lo hagas adrede; pues sabes mejor que nadie cómo debes comportarte. Los hombres, por su parte, consideran una gloria imitarte; por eso la santa bondad no reconoce su tabernáculo en esos ojos huraños: de tal palo tal astilla.Piénsese lo que se piense de tu inteligencia, sólo hablo de ella como un crítico imparcial. Nada me gustaría más que haber sido inducido al error. No deseo mostrarte el odio que siento por ti y que incubo con amor, como a un hijo querido; pues mejor es ocultarlo a tus ojos y tomar sólo, ante ti, el aspecto de un censor severo, encargado de controlar tus actos impuros. Dejarás así cualquier comercio activo con él, lo olvidarás y destruirás por completo esa chinche ávida que roe tu hígado. Prefiero hacerte escuchar palabras de ensoñación y dulzura... Sí, tú creaste el mundo y cuanto contiene13. Eres perfecto. No te falta virtud alguna. Eres omnipotente, todo el mundo lo sabe. ¡Que el universo entero entone, a todas horas, tu cántico eterno! Los pájaros te bendicen al emprender el vuelo en la campiña. Las estrellas te pertenecen... ¡así sea!» ¡Asombraos, tras esos comienzos, de que sea como soy!
Hay que dejarse crecer las uñas durante quince días. ¡ Oh, qué dulzura entonces arrancar
brutalmente de su lecho a un niño que aún no tiene nada sobre su labio superior, y, con losojos muy abiertos, hacer el simulacro de pasar suavemente la mano por la frente, inclinando hacia atrás sus hermosos cabellos! Después, súbitamente, en el momento en que menos lo esperá, hundir las largas uñas en su tierno pecho, de manera que no muera, pues si muriera no podríamos contar más tarde con el aspecto de sus miserias. A continuación se le bebe la sangre lamiendo las heridas, y durante ese tiempo, que debería durar tanto como la eternidad, el niño llora. Nada hay tan bueno como su sangre, extraída como acabo de decir, y aún muy caliente, a no ser sus lágrimas, amargas como la sal. Hombre, ¿nunca has probado tu sangre cuando al azar te has cortado un dedo? Está muy buena, ¿no es cierto?, pues no tiene ningún sabor.
Además, ¿no recuerdas el día en que, en medio de tus lúbricas reflexiones, llevaste la mano en forma de hueco sobre tu rostro enfermizo humedecido por lo que resbalaba de tus ojos, mano que se dirigía luego fatalmente hacia la boca que bebía a largos tragos en esa copa, trémula como los dientes del alumno que mira de reojo a aquel que nació para oprimirlo, las lágrimas?
Las lágrimas están buenas, ¿no es cierto?, pues tienen el sabor del vinagre. Se diría las
lágrimas de aquella que ama mucho; pero las lágrimas del niño son mejores para el paladar. El niño no traiciona nunca, no conoce todavía el mal.
¿Quién era L'autréamont? ¿Cómo surge el seudónimo? Ayuda para leer Maldoror.
Conocimos a Alejandra Pizarnik a través de su poema:
En un ejemplar de "Les chants de Maldoror"
(Buenos Aires, 29 de abril de 1936 - Ibíd., 25 de septiembre de 1972) ( quien fuera una destacada poeta argentina, eximia representante del surrealismo poético)
Después de leer dichos textos y discutirlo brevemente, manifestamos el deseo de cambiar de tema y pasamos a Alfonsina:
Vuestro nombre no sé, ni vuestro rostro
conozco yo, y os imagino blanca,
débil como los brotes iniciales,
pequeña, dulce... Ya ni sé... Divina,
en vuestros ojos, placidez de lago
que se abandona al sol y dulcemente
le absorbe su oro mientras todo calla.
Y vuestras manos, finas, como aqueste
dolor, el mío, que se alarga, se alarga,
y luego se me muere y se concluye
así, como lo veis, en algún verso.
Ah, ¿sois así? Decidme si en la boca
tenéis un rumoroso colmenero,
si las orejas vuestras son a modo
de pétalos de rosa ahuecados...
Decidme si lloráis, humildemente,
mirando las estrellas tan lejanas
y si en las manos tibias se os duermen
palomas blancas y canarios de oro.
Porque todo eso y más, vos sois, sin duda
vos, que tenéis el hombre que adoraba
entre las manos dulces, vos la bella
que habéis matado, sin saberlo acaso,
toda esperanza en mí... Vos, su criatura.
Porque él es todo vuestro: cuerpo y alma
estáis gustando del amor secreto
que guardé silencioso... Dios lo sabe
por qué, que yo no alcanzo a penetrarlo.
Os lo confieso que una vez estuvo
tan cerca de mi brazo, que a extenderlo
acaso mía aquella dicha vuestra
me fuera ahora... Sí, acaso mía...
Mas ved, estaba el alma tan gastada
que el brazo mío no alcanzó a extenderse:
la sed divina, contenida entonces,
me pulió el alma....Y él ha sido vuestro!
¿Comprendéis bien? Ahora, en vuestros brazos
él se estremece y le decís palabras
pequeñas y menudas que semejan
pétalos volanderos y muy blancos.
¡Oh, ceñidle la frente! ¡Era tan amplia!
Arrancaban tan firmes los cabellos
a grandes ondas, que a tenerla cerca,
no hiciera yo otra cosa que ceñirla!
Luego dejad que en vuestras manos vaguen
los labios suyos; él me dijo un día
que nada era tan dulce al alma suya
como besar las femeninas manos...
Y acaso, alguna vez, yo, la que anduve
vagando por afuera de la vida,
—como aquellos filósofos mendigos
que van a las ventanas señoriales
a mirar sin envidia toda fiesta—
me allegue alguna vez a vuestro lado
y con palabras quedas, susurrantes,
os pida vuestras manos un momento,
para besarlas, yo, cómo él las besa...
Y al recubrirlas, lenta, lentamente,
vaya pensando: aquí se aposentaron
¿cuánto tiempo, sus labios, cuánto tiempo
en las divinas manos que son suyas?
Oh, qué amargo deleite, este deleite
de buscar huellas suyas y seguirlas
sobre las manos vuestras tan sedosas,
tan finas, con las venas tan azules!
Oh, que nada podría, ni ser suya,
ni dominarle el alma, ni tenerlo
rendido aquí a mis pies, recompensarme
este horrible deleite de ser mío
un inefable, apasionado rastro...
Y allí en vos misma, sí, pues sois barrera,
barrera ardiente, viva, que al tocarla
ya me remueve este cansancio amargo,
este silencio de alma en que me escudo,
este dolor mortal en que me abismo
esta inmovilidad del sentimiento,
que sólo salta bruscamente cuando
nada es posible!
Alfonsina Storni (1892-1938) (de Poemas Góticos)
conozco yo, y os imagino blanca,
débil como los brotes iniciales,
pequeña, dulce... Ya ni sé... Divina,
en vuestros ojos, placidez de lago
que se abandona al sol y dulcemente
le absorbe su oro mientras todo calla.
Y vuestras manos, finas, como aqueste
dolor, el mío, que se alarga, se alarga,
y luego se me muere y se concluye
así, como lo veis, en algún verso.
Ah, ¿sois así? Decidme si en la boca
tenéis un rumoroso colmenero,
si las orejas vuestras son a modo
de pétalos de rosa ahuecados...
Decidme si lloráis, humildemente,
mirando las estrellas tan lejanas
y si en las manos tibias se os duermen
palomas blancas y canarios de oro.
Porque todo eso y más, vos sois, sin duda
vos, que tenéis el hombre que adoraba
entre las manos dulces, vos la bella
que habéis matado, sin saberlo acaso,
toda esperanza en mí... Vos, su criatura.
Porque él es todo vuestro: cuerpo y alma
estáis gustando del amor secreto
que guardé silencioso... Dios lo sabe
por qué, que yo no alcanzo a penetrarlo.
Os lo confieso que una vez estuvo
tan cerca de mi brazo, que a extenderlo
acaso mía aquella dicha vuestra
me fuera ahora... Sí, acaso mía...
Mas ved, estaba el alma tan gastada
que el brazo mío no alcanzó a extenderse:
la sed divina, contenida entonces,
me pulió el alma....Y él ha sido vuestro!
¿Comprendéis bien? Ahora, en vuestros brazos
él se estremece y le decís palabras
pequeñas y menudas que semejan
pétalos volanderos y muy blancos.
¡Oh, ceñidle la frente! ¡Era tan amplia!
Arrancaban tan firmes los cabellos
a grandes ondas, que a tenerla cerca,
no hiciera yo otra cosa que ceñirla!
Luego dejad que en vuestras manos vaguen
los labios suyos; él me dijo un día
que nada era tan dulce al alma suya
como besar las femeninas manos...
Y acaso, alguna vez, yo, la que anduve
vagando por afuera de la vida,
—como aquellos filósofos mendigos
que van a las ventanas señoriales
a mirar sin envidia toda fiesta—
me allegue alguna vez a vuestro lado
y con palabras quedas, susurrantes,
os pida vuestras manos un momento,
para besarlas, yo, cómo él las besa...
Y al recubrirlas, lenta, lentamente,
vaya pensando: aquí se aposentaron
¿cuánto tiempo, sus labios, cuánto tiempo
en las divinas manos que son suyas?
Oh, qué amargo deleite, este deleite
de buscar huellas suyas y seguirlas
sobre las manos vuestras tan sedosas,
tan finas, con las venas tan azules!
Oh, que nada podría, ni ser suya,
ni dominarle el alma, ni tenerlo
rendido aquí a mis pies, recompensarme
este horrible deleite de ser mío
un inefable, apasionado rastro...
Y allí en vos misma, sí, pues sois barrera,
barrera ardiente, viva, que al tocarla
ya me remueve este cansancio amargo,
este silencio de alma en que me escudo,
este dolor mortal en que me abismo
esta inmovilidad del sentimiento,
que sólo salta bruscamente cuando
nada es posible!
Alfonsina Storni (1892-1938) (de Poemas Góticos)

También pudieron leer sus producciones algunos compañeros:
Ricardo trajo su cuento La Rebelión de los Pibes, que transcribimos:
LA REBELIÓN DE LOS PIBES de Ricardo Salvarrey
Era muy común en el barrio que, siendo niño, entraras como scout de la Parroquia San Javier y continuaras como tal hasta bien entrada la adolescencia. El cura Jacinto era quien supervisaba todas estas actividades y era famoso por lo estricto. También su bondad y lo voluminoso de su abdomen eran reconocidos entre los acólitos a su caridad cristiana.
La parroquia había obtenido un predio en la falda de un cerro cercano al pueblo por el costado del cual desfilaba un arroyo con montes nativos en sus orillas. Los curas habían edificado cabañas de madera y un gran comedor y salón para los campamentos con los chiquilines. La pradera que continuaba al monte era tierra fértil aprovechada por los clérigos para plantar todo tipo de árboles frutales que, con el tiempo y los cuidados, abastecían a los sucesivos campamentos. Destacaba- sobre todo el monte de frutales-, una higuera gigantesca donde más de un chiquilín se había consagrado como trepador pese a la negativa a que subieran.
Al padre Jacinto le gustaba que en el campamento el comportamiento fuera de corte militar y que respondiera a la cadena de mando, pero los chiquilines no dejaban de confabularse en pandillas. Era difícil conservar el orden sobre todo a la hora del almuerzo cuando los pibes estaban en la mayor efervescencia pues venían del fútbol o de las caminatas por el monte.
La cocina estaba a cargo de Sor Caridad, una monja regordeta y bajita, cuya característica principal era que siempre estaba sonriendo, fuera para lo que fuera. Ella comandaba un grupo de mujeres que se encargaban de la alimentación de toda la tropa.
Aquel mediodía era una ocasión especial pues se cumplían los veinte años del campamento de la Parroquia San Javier. Los preparativos para ese almuerzo, del cual también participarían los padres de los chiquilines, habían comenzado temprano. En la mesa de la pandilla autodenominada y reconocida por todos los gurises como “Los Fatales” reinaba algarabía y ansiedad por llegar a los postres, pues Sor Caridad era famosa en la zona por las tortas de dulce de leche y chocolate.
Cuando Sor Caridad traía la gran torta de un extremo junto con otras dos mujeres a uno de los chiquitos se le rompió la bolsa de naranjas y estas rodaron por el suelo. La monja y las mujeres las pisaron y rodaron junto con ellas, intervalo en el cual la gran torta voló por los aires y cayó rompiéndose en mil pedazos en la mesa de Los Fatales. El salpicadero de torta en todas direcciones hizo que la pandilla tomara la iniciativa de una guerrilla de comida.
El padre Jacinto y el resto de los curas gritaban para poner orden pero el resto de la chiquilinada se sumó al combate con una saña digna de mejor causa. El problema fue que los padres de los pibes se sumaron a la conflagración, haciendo de aquello un pandemónium sin parangón en la historia de los campamentos.
La cosa terminó en que el padre Jacinto tiró la toalla cuando Los Fatales en hilera y a paso militar, haciendo gran estruendo en las tablas de madera del piso, se formaron delante de él. La risa y la algarabía pudieron más que la organización militarizada de los Scouts de San Javier.
Eso sí, todo el mundo comió la torta de Sor Caridad, luego de lo cual, se fueron al arroyo a sacarse el chocolate y el dulce de leche del cuerpo. Frutillas no quedaron, pero si el recuerdo de una velada para la historia.
De ahí en adelante el padre Jacinto fue casi tan bueno como Jesús de Nazareth y Los Fatales ganaron la guerra.
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Contertulios presentes:
Adriana
Charo
Laura
Oscar
Ricardo
Ruben
Sandra
Sara






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